
Un fogón. Que forma de sentirse incluido tan efectiva. Tan efectiva que desde la prehistoria hasta hoy sigue funcionando de la misma manera.
El hombre nunca busco solo calor en los fogones, el ser humano es pirofílico. Para fabricar la silla en la que estoy sentado, se produjo humo; se produjo humo para hacer la computadora en la que escribo. El humo estuvo presente en la producción de prácticamente todas las cosas que el hombre fabricó a lo largo de la historia.
El ser humano también disfruta tragarse el humo, disfruta fumar. Pero no busca solo el placer en ese acto, sino que nuevamente lo mueve su pirofilia y su eterno afán de sentirse parte de la comunidad a la que ya pertenece. Pongamos un ejemplo: Estás sentado en una reunión con tus amigos, pero sin embargo no estás hablando con nadie en especial. No estas haciendo nada. En tu mente sentís, probablemente sin darte cuenta, que sobrás. Te prendes un pucho y listo, ahora estás haciendo algo. Volviste a ser parte del grupo.
Volvamos a nuestro fogón nuevamente. Que mejor momento para la meditación en el campo que acompañado de una pequeña fogata. No vamos a encender una fogata en la ciudad. ¿Que vamos a encender entonces?
El hombre es un ser social, pero lo es más aún cuando el fuego lo acompaña.
La sociedad es humo.